En el mejor cine, en el más sólido, las imágenes se transforman en pensamiento. No hay una narración, un argumento, un plano que no forme parte de un proponer, de un decir, de un señalar caminos distintos en la historia que nos conforma. El cine no adocenado, el que no solo está relacionado con los intereses comerciales, lleva consigo la responsabilidad de una nuevo construir, de un nuevo plantear el discurso. La imaginación, la lucidez en el conocimiento del conflicto humano, cosa que supone no olvidar el pasado, pero también la audacia de intuir el futuro que nos aguarda, sólo pueden ser propuestos por un cine penetrante, ese capaz de ofrecer la imagen que no cede, esa imagen que vacía, que desocupa la mirada para depositar en ella una nueva manera de pensarnos.