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txisti; © Rodrigo Pérez. Todos los derechos reservados.
Txisti; Rodrigo Pérez

La voz como cuerpo extraño y la poesía para ensanchar la mirada

¿Qué queda de una voz cuando deja de sonar? ¿Puede la poesía transformar nuestra manera de mirar el mundo? La jornada del miércoles 7 de octubre en los Encuentros de Pamplona / Iruñeko Topaketak transitó entre la materialidad de la voz, la memoria del pasado y el potencial de la palabra poética para cuestionar certezas y ampliar nuestra percepción de la realidad.

La mañana comenzó con el taller La voz como territorio, impartido en Baluarte por la soprano navarra de trayectoria internacional Raquel Andueza. Una propuesta para explorar la voz más allá del canto, como expresión de la identidad, la memoria y las emociones. A través de la reflexión, la escucha corporal y la práctica vocal, las personas participantes pudieron acercarse a la relación entre respiración, resonancia, cuerpo y presencia, así como a los miedos y las inseguridades que acompañan a la exposición de nuestra propia voz. Una experiencia que invitaba a reconocer la singularidad de cada voz y a descubrir cuánto de nosotros mismos se manifiesta cuando hablamos o cantamos.

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La voz como cuerpo extraño, como algo que surge de nuestro interior y que, sin embargo, nunca terminamos de reconocer, protagonizó también la conferencia del director, musicólogo y antropólogo belga Björn Schmelzer, fundador del conjunto Graindelavoix, especializado en la interpretación de polifonía antigua. Bajo el título La voz del pasado: entre el ectoplasma y el fetiche, y con la intervención de Ramón Andrés como facilitador, Schmelzer exploró las relaciones entre el pensamiento, la estética del pasado y del presente y esa materia tan singular que es la voz humana.

Recuperando el concepto del «grano de la voz» de Roland Barthes, se refirió a aquello que sucede en la garganta, a la dimensión física de una voz que no puede reducirse a las palabras ni a la perfección del sonido.

¿Qué sucede cuando escuchamos una polifonía de hace varios siglos? Podemos tratar de reconstruir el pasado, buscar la textura original de aquellas voces, pero también reconocer que toda interpretación está atravesada por nuestro presente. Schmelzer explicó que con Graindelavoix no persiguen una voz ideal ni una supuesta pureza histórica. Sus cantantes son también personajes, cuerpos y subjetividades que incorporan la extrañeza de una voz interior que nunca llega a ser del todo familiar. La música antigua deja así de ser un objeto del pasado para convertirse en una experiencia viva, atravesada por tensiones, resonancias y nuevas posibilidades de escucha. Y el ectoplasma, finalmente, es aquello que queda después, la presencia que persiste cuando la voz se ha extinguido.

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De la voz a la palabra poética, la siguiente propuesta de la tarde reunió a cinco poetas de distintas generaciones y procedencias en el diálogo Ensanchar la mirada, dinamizado por la escritora navarra Laura Chivite. Antoni Clapés, Miren Agur Meabe, Fermín Herrero, María Negroni y Aitana Monzón compartieron reflexiones sobre la poesía como forma de conocimiento, resistencia y apertura hacia otras maneras de comprender el mundo.

El poeta catalán Antoni Clapés recuperó una frase de Federico García Lorca: “La poesía es mirar y nada más”. Una mirada que no pretende ofrecer respuestas definitivas, sino formular preguntas que conducen a nuevas preguntas. Evocó la imagen de un cristal empañado, una superficie que impide ver con nitidez y que, precisamente por ello, nos invita a mirar de otra manera. La poesía no despeja necesariamente la incertidumbre, sino que nos permite habitarla.

La escritora vasca Miren Agur Meabe, Premio Nacional de Poesía 2021, puso el acento en el potencial transformador de la palabra poética. A veces, una grieta puede hacer que una herida supure, pero también puede convertirse en el lugar donde nazca una flor. Una imagen que recoge la capacidad de la poesía para adentrarse en el dolor y, al mismo tiempo, abrir espacios para la esperanza. Pero Meabe planteó además una pregunta fundamental: ¿quién mira se queda mirando o actúa? Para la poeta, la escritura no puede permanecer ajena a las injusticias y debe tomar partido por un mundo más justo, situándose del lado de las personas dominadas.

El diálogo reunió también otras formas de aproximarse a la escritura y a la experiencia del mundo. Fermín Herrero, cuya poesía está profundamente vinculada al paisaje, al territorio y a la memoria de lo cotidiano, se definió como un poeta del silencio, de seguir su propio camino, al margen del ruido y de las tendencias. La poesía puede convertirse así en un refugio frente al miedo, un espacio íntimo desde el que observar y comprender la realidad.

La escritora argentina María Negroni, que transita entre la poesía, el ensayo y la narrativa sin establecer fronteras entre los géneros, defendió la capacidad del arte y la literatura para explorar la ambivalencia, para adentrarse en las contradicciones y en aquello que no admite una única interpretación. Una posibilidad que permite habitar la incertidumbre sin necesidad de resolverla.

Y la joven poeta Aitana Monzón puso el acento precisamente en lo que no se dice. Frente a la tendencia a sobreexplicar y a ofrecer interpretaciones cerradas, defendió la importancia de dejar espacio a quienes leen. El papel de quien crea no es explicarlo todo, sino abrir posibilidades de interpretación. De ahí el valor de las elipsis, de los silencios y de aquello que queda suspendido entre las palabras. Cinco voces diferentes para recordar que la poesía es también una forma de resistencia frente a los discursos que simplifican la realidad.

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La jornada se cerró en la Sala de Armas de la Ciudadela con Naturale, una propuesta musical protagonizada por la violista navarra Isabel Villanueva, el marimbista Conrado Moya y Héctor Varela en la electrónica. Un recorrido sonoro que comenzó con la energía rítmica y las raíces populares de las Danzas rumanas de Béla Bartók y transitó por los lenguajes contemporáneos de Anna Ignatowicz, Golfam Khayam y Dobrinka Tabakova, en un encuentro entre la calidez de la viola y las resonancias de la marimba.

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El concierto culminó con Naturale, de Luciano Berio, una obra inspirada en las melodías populares sicilianas que incorpora sonidos electrónicos pregrabados y en la que tradición y experimentación se entrelazan. La combinación de la viola, la percusión y la electrónica construyó un paisaje sonoro de contrastes, ritmos y texturas que volvió a conectar el pasado con el presente. Una exploración de la memoria musical y de sus posibilidades de transformación que cerró una jornada dedicada a escuchar, mirar y descubrir aquello que permanece más allá de las palabras.

FOTOGRAFÍAS: Txisti_photo